Redes de Ensueño, La tienda

Portada del libro Entradas al Paraíso
Camiseta Redes de Ensueño
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Sentidos, Asturias a Flor de Piel

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Sentidos, Asturias a Flor de Piel

Sentidos
Asturias a flor de piel

Edición: José Díaz
Formato 26x34
392 páginas

Con el apoyo de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente y prologado por su presidenta Odile, este segundo trabajo -editado personalmente por José Díaz- es una obra profunda e intimista. En ella afloran con vigor las relaciones humanas, el paisanaje de Caleao y las vivencias personales de José, así como un catálogo de lugares especiales y de momentos imborrables. El gran formato del libro y la original maquetación confieren a las imágenes una fuerza inusitada. Y en los textos, el autor plasma su particular visión de la vida, del progreso y del "estado del bienestar", preconizando una vuelta a los orígenes, a lo genuino, a los valores universales y atemporales, y reflexionando sobre la actual relación entre el hombre y el medio natural.

La naturaleza también aparece con toda su fuerza, pero nunca exenta de una reflexión o pensamiento. Pero lo más entrañable del libro es un catálogo de semblantes personales, retratados con una ternura casi filial, y que consiguen transmitir los profundos y sinceros afectos que entre el autor y estas gentes han llegado a germinar.

SENTIDOS

"Cada uno de los cinco sentidos es filósofo" Ramón Llull.

Tardé mucho tiempo en ser consciente de que lo que confiere sentido pleno a mis vivencias en Caleao es la posibilidad de captarlas, e incluso sublimarlas, en imágenes fotográficas. De esto me percaté un día en el que, tras hacer la última comprobación del equipo antes de salir del pueblo en dirección a la cabaña, descubrí desilusionado que las baterías de las cámaras estaban sin carga. No recuerdo, en todos estos años, haber caminado con tanta desgana, incluso con temor, ante la posibilidad de perderme una buena foto. Ni siquiera levantaba la vista del camino por miedo a que un animal se cruzase ante mí y no poder retratarlo. Incluso el paisaje que me rodeaba, imposible de ser aprehendido, me parecía vacuo e impermanente.

Hay pocas cosas tan gratificantes como llegar a casa y visionar cuidadosamente en el ordenador todas y cada una de las fotos, reviviendo con renovada frescura el instante en que fueron tomadas. A pesar de tener miles de imágenes, recuerdo con exactitud el lugar, el momento y la emoción vivida en cada una de ellas. Siento la cámara como una prolongación de mi cuerpo, como un órgano sensorial más, receptor de los estímulos más sutiles y de las percepciones más emotivas.

Necesito compartir estas vivencias que alimentan mi alma y hacen que me entregue a la fotografía de naturaleza cada vez con más ilusión, a pesar de la cantidad de horas y sacrificios que hay detrás de cada imagen; ahí reside, en muchos casos, el auténtico disfrute, justificando con creces cada larga caminata, madrugón, o duro esfuerzo. La ilusión y la pasión son responsables de todo ello.

Mi primera intención era hacer un libro como tributo a las gentes de Caleao, en agradecimiento a su rico legado de sabiduría y humanidad, y como reconocimiento a esa herencia, no solo culturale identitaria, sino también natural, de la que todos tenemos el privilegio de disfrutar.

Pero lo que en principio estaba destinado al contenido principal del libro, acabó siendo un capítulo más, al comprobar que todas esas personas, en su extrema humildad, no deseaban ningún tipo de protagonismo. He aquí un rasgo más de su calidad humana, en estos tiempos regidos por la vanidad y la soberbia. Reconozco que sus fotos fueron las más complicadas de hacer, al percibir en muchos casos que rebasaba la barrera de su intimidad y se sentían incómodos o molestos, nada más lejos de mis intenciones.

Para conseguir, entonces, darle contenido al libro, me planteé de nuevo tirar de mis vivencias haciéndome, sin quererlo, protagonista del proyecto. SENTIDOS es el nombre del mismo, y expresa su intención y filosofía: que estamos ante algo captado de forma sensorial, y percibido –sentido- con intensidad. Como decía Paul Valéry, lo más profundo del hombre está en la piel, y creo que es a través de los cinco sentidos como hemos de acercarnos a la naturaleza para disfrutarla con intensidad.

Por extraño que parezca, con el paso del tiempo mis sentidos se han ido agudizando, o más bien se siguen despertando, regalándome percepciones de extrema sutileza hasta ahora desconocidas. Mi oído detecta con facilidad los sonidos de los animales moviéndose por el bosque, el viento acariciando el paisaje y los arroyos deslizándose por las laderas; mi olfato preludia encuentros con mis vecinos salvajes, incluso cambios meteorológicos, al tiempo que detecta la respiración de las plantas y los árboles; a mis ojos nada les pasa inadvertido, reconociendo con extraordinaria facilidad los cambios y movimientos en el entorno, descubriendo animales escondidos en lugares que incluso en las fotos me cuesta detectar; mediante el tacto llego a sentir los latidos de la tierra a través de los árboles, del musgo y de las piedras cada vez que me acuesto en el suelo.

También disfruto de las delicias que la naturaleza nos otorga en forma de alimentos, como avellanas, nueces, castañas, ciruelas, manzanas y arándanos, el agua, el aire y, sobre todo, la miel, una de mis actuales debilidades: introducir en la boca un trozo de panal y dejar que se vaya deshaciendo es una experiencia única.

Además de disfrutar de este universo sensorial, intento poner en práctica lo que, para mí, debería de constituir una de las bases del ser humano y el pilar que sustentase a nuestra sociedad: el sentido común. A lo largo de las últimas décadas nos hemos sumido en una dinámica vertiginosa e irracional, que nos está desvinculando de la esencia de la vida y de las personas. Hemos dado la espalda a lo básico y a lo simple, cosa que las gentes de los pueblos aún conservan. Y es necesario recuperar comportamientos más sostenibles, más alejados de la cultura del usar y tirar, así como unos modelos de relaciones humanas más sinceras y auténticas. Todas estas cosas las encuentro en Caleao y me siento afortunado de tener esa toma de tierra con muchos de los valores fundamentales de la vida.

Cuando vives a caballo entre la ciudad y el campo te das cuenta de que nuestra mal llamada sociedad del bienestar está tomando una dirección equivocada. No se puede evolucionar a cualquier precio y al margen de lo que nos dicta el sentido común. Si queremos que nuestras generaciones futuras disfruten de la vida y del planeta, debemos adquirir una nueva conciencia.

A pesar de los gravísimos daños que hemos perpetrado a nuestro entorno natural, aún estamos a tiempo de rectificar y buscar otros modelos de desarrollo menos agresivos y que tengan en cuenta toda la sabiduría y experiencia de nuestros mayores. Y a tiempo, también, de replantear una sociedad -que en muchos casos tiende a la patología- para que sea capaz de educar en valores a nuestros jóvenes.

Por mi parte, confieso que he encontrado “mi lugar en el mundo” aquí, en el corazón del Parque de Redes, pero Asturias posee infinitos lugares con esta magia, y cargados de este magnetismo. Es una tierra privilegiada por sus tesoros naturales y su fuerte identidad, cultura y tradiciones. Cuando salgo fuera del Principado y digo que soy asturiano, la gente reacciona siempre de la misma manera: mostrando admiración hacia esta tierra y sus gentes y reconociendo que, entre nosotros, han disfrutado como en ningún otro lugar. El asturiano es, por naturaleza, hospitalario, generoso, socarrón, cordial y alegre, lo que encandila a las gentes de otras tierras, con otro carácter e idiosincrasia. Por ello, los asturianos que han tenido que emigrar, ansían volver a su tierra y siempre la llevan en lo más profundo de su corazón.

En definitiva, ha sido y es para mí un absoluto privilegio haber aprendido de los habitantes de Caleao a entender la vida de otra manera, a paladear cada pequeño instante y a disfrutar de cada pequeño detalle. Y, sobre todo, a darme cuenta de que lo importante en la vida no es el tener, sino el ser.

Tras la belleza.

Una vez más me enfrento al duro reto de poner palabras a un libro cuyas imágenes dejan sin palabras. Contrariamente a lo que el autor piensa, el hecho de que me haya vuelto a pedir que escriba el prólogo de su segundo libro, como ya hice del primero, supone un verdadero honor y una gran responsabilidad. He sido testigo de cómo una afición se ha ido transformando en una fuente inagotable de belleza, perseverancia, paciencia, sensibilidad, generosidad e intuición. He visto cómo el propio José ha ido cambiando en un proceso del que nos habla en estas páginas. Y no me canso de expresar lo que hace de sus libros trabajos únicos que se salen de lo habitual. Yo conozco bien a profesionales de este campo y multitud de libros extraordinarios de paisajes y especies del mundo. Sin embargo, nunca dejo de sorprenderme cuando veo las fotografías de José por primera vez, porque consigue trasladarme al momento en que captó esos fragmentos de espacio/tiempo. Por un instante me olvido de dónde estoy y viajo a aquellos escondites, y siento la mirada intensa e inmensa de los animales que me descubren; siento el frío, o la lluvia, huelo los paisajes y escucho apercibida el silencio denso y plagado de matices. José tiene ese don de intimar con lo intangible e indescriptible de la naturaleza y hacérnoslo llegar para despertar nuestros sentidos e inspirarnos a reflexionar sobre la Vida.

Para escribir estas líneas José me pidió que hiciese algo del estilo de un editorial que escribí para un número de la revista de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente “Agenda Viva”. Lo cierto es que me resulta imposible revisitar textos que he escrito y basarme en ellos para hacer algo similar, pero diferente. Cada texto me sale del modo que es, fruto del momento, el contexto y las circunstancias por las que lo escribo. Por ello creo que lo mejor será reproducirlo tal cual lo escribí, y con ello regalarle a José y a todos los que leáis estas páginas una reflexión que espero contribuya a una mejor apreciación de lo que yace tras la belleza de las imágenes de este libro. También, con ello quiero agradecer a José las palabras de aliento y apoyo que siempre ha tenido para el trabajo que hacemos desde la Fundación, por seguirnos tan de cerca, por el guiño que le hace a AgendaViva desde las páginas de este libro y por saber reflejar mejor que nadie aquello que siento cuando me sumerjo en los paisajes de Redes.

“Detrás de la belleza de las imágenes de este libro yace una funcionalidad óptima cincelada por millones de años de evolución. Cada individuo, cada especie, cada ecosistema, cada elemento, se entrelaza con lo que le rodea y sostiene, de forma indisociable, para formar un todo que se auto-regula generando las condiciones óptimas para la vida. ¡Cuánto tenemos que aprender de la naturaleza...! Escapa a toda lógica que, en algún momento de nuestra efímera historia, hayamos decidido emprender una lucha contra ella, una lucha perdida de antemano, cuyo paradójico fin era el de dominar nuestro entorno y someterlo a nuestras reglas en contra de nuestra propia supervivencia. Es absolutamente contra intuitivo desperdiciar una biblioteca de sabiduría millones de veces más vasta que la de Alejandría, para no sólo darle la espalda, sino ir poco a poco destruyéndola para desgracia de futuras generaciones.

En un planeta con condiciones primordialmente adversas a la vida, ésta no sólo ha aparecido, sino que ha ido lentamente infiltrándose en sus epitelios, generando las condiciones idóneas para que prosperase una diversidad fulgente. ¿Cómo consigue la vida reconvertir la escasez en abundancia?, ¿cómo utiliza la energía para alimentar toda su diversidad sin generar residuos?, ¿cómo añade más y más capas de aprovechamiento de los recursos redundando en el enriquecimiento y la robustez del conjunto? Ésas son las preguntas que deberíamos dirigir a la biblioteca viva del planeta Tierra, dedicando a nuestros mejores y más talentosos eruditos a traducir fórmulas que han demostrado funcionar tras millones de años de ensayo y error. Y, sin embargo, aquí estamos torpe y burdamente creando energía que alimenta una sed patológica de consumo a costa de nuestro futuro que ya se torna presente.

En una economía ruinosa y contraproducente, hemos tomado prestado de la naturaleza y de la humanidad sin intención de saldar una cuenta que vamos posponiendo. Y mientras, damos la espalda a las señales que nos recuerdan que el sistema de la vida no funciona así. ¿Y por qué nos empeñamos en no ver la fuente de abundancia y sabiduría que yace en la naturaleza? ¿Es que acaso nadie percibe la diferencia entre la belleza de un sistema que funciona, como podría ser un bosque, y otro que va en contra del sentido común, como es una mina a cielo abierto, una incineradora o una planta de energía nuclear? Y no es banalizar afirmar que, a veces, las lecciones más profundas y elocuentes yacen bajo un velo de belleza y sencillez que otorgan todavía mayor sentido a sus lecciones. No podemos seguir tolerando los argumentos que se esgrimen para defender un modelo autodestructivo. No es verdad que ese modelo sea el único que puede garantizar alimentos, energía y dinero para todos. Tenemos el argumento contrario al alcance de nuestros adormecidos sentidos.

En la naturaleza no sólo hay abundancia para todos, sino que entre todos se crea más y más abundancia en beneficio de todos. Ése es el único sistema que, incorporando un sentido de contención y límites consustanciales a la realidad, construye ad eternum, llevado por la pulsión creativa que es la vida hacia un enriquecimiento y robustez crecientes. En una danza embriagadora entre la oportunidad de estar vivos y la humildad de sabernos una brizna sin apenas significación en el todo, está el equilibrio. ¡Hay tanto que aprender sobre cómo vivir, cómo sobrevivir, cómo crecer y cómo ser...! Necesitamos mucha más humildad para entendernos en el tiempo y el espacio, y mucha más soberbia para reivindicar nuestro futuro robado.”

Odile Rodríguez de la Fuente.

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Entradas al paraíso

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Mi Cabaña, mi Mundo

Mi cabaña, Mi mundo.
Redes de Ensueño

Editorial Lunwerg
Formato 30x29
300 páginas.

Prologado por Odile Rodríguez de la Fuente, en esta primera obra se narra el despertar del autor a la naturaleza salvaje, el descubrimiento de Caleao y el Parque de Redes, la adquisición de la cabaña, toda la ilusión en su rehabilitación y posterior disfrute en soledad y en familia, el primer encuentro cara a cara con un animal salvaje, la necesidad de plasmarlo, inmortalizarlo, compartirlo…

Luces y sombras, texturas, miradas, bosque, insectos, agua, nieve y niebla y, por último, otoño, son los capítulos que conforman este primer itinerario visual, que discurre armónica y poéticamente a través de unas páginas rebosantes de belleza. Cada fotografía lleva el día y la hora en que ha sido captada, así como una pequeña reseña acerca de la vivencia, sensación o razón de ser de cada una de ellas. En la introducción general del autor, así como en cada uno de los pequeños textos que abren cada capítulo, se puede percibir cómo el mismo ha sucumbido a una naturaleza desbordante y cómo se confiesa atrapado en sus Redes de ensueño.

REDES DE ENSUEÑO

En el resurgir de mi amor por la naturaleza fue determinante mi encuentro, hace algunos años, con José Mª Fernández Díaz-Formentí, el mejor fotógrafo que he conocido y aún mejor persona. Él fue, de alguna manera, causante del presente proyecto.

Ese germen que llevaba dentro, gestado desde una infancia hechizada por continuas salidas al monte, acabó por convertirse en una pasión, en especial por el Parque Natural de Redes, hoy Reserva de la Biosfera. Este espacio natural, de singular belleza, de alguna manera me atrapó definitivamente. Así, durante muchos años, mi mayor anhelo fue encontrar allí una cabaña, rodeada de bosques y arroyos de aguas puras y cristalinas, alejada del ruido y no muy distante de mi casa, para así facilitar las visitas. Tras muchos intentos y afanosa búsqueda, y gracias a un amigo que poseía una cabaña en los montes de Caleao, concejo de Caso, conseguí alcanzar mi sueño.

La cabaña superaba todas mis expectativas. Tras una dura rehabilitación, meses de frenético trabajo y con la ayuda inestimable de un vecino del pueblo, conseguí terminarla. No quería perderme ni un solo minuto, así que pudimos estrenarla en agosto de 2005, disfrutando de toda una quincena en compañía de mi mujer y mis hijos, experiencia de la que conservo un recuerdo maravilloso. A partir de esa época reconozco que, de alguna manera, compatibilicé mi vida laboral y familiar con el máximo disfrute de la cabaña. Trabajaba duro de lunes a jueves, intentando disponer de las tardes de los viernes para escaparme a dar paseos por sus alrededores. Convencí, o más bien negocié con mi familia, el subir todos juntos un fin de semana al mes. Allí pasamos alguna semana santa, unas navidades y bastantes puentes. Así fue como este hábito se convirtió en algo sagrado para mí: no me importaba subir de día o de noche, con frío o calor, lloviendo o nevando…

Empecé a descubrir la fotografía en aquellos paseos, primero captando los paisajes, más tarde descubriendo la inmensidad en los pequeños detalles, escudriñando el interior de los bosques y todos sus mágicos pobladores. Me asombraba la vida que iba encontrando al observarlo todo con la curiosidad de un niño que juega: flores, líquenes, hongos, insectos…, etc. Mundos de color, geometrías y diseños de mágica perfección, modelos en los que inspirarme, incluso para mi quehacer profesional.

Finalmente, a raíz de mi primer, pudiéramos llamar, encuentro frontal con un animal salvaje, experimenté la emoción de fotografiarlo en total libertad. Esa sensación, difícil de describir, fue la que me animó a continuar. La práctica, el esfuerzo y, sobre todo, una paciencia casi zen, me aportaron la experiencia necesaria para elegir el lugar y el instante, a veces fugaz como una chispa, en que poder captar dichos encuentros, que casi siempre se producían en amaneceres y ocasos. Mis tácticas eran dos: permanecer inmóvil durante varias horas escondido detrás de un árbol o entre la vegetación o, por el contrario, desplazarme lentamente con el máximo sigilo y atención, durante horas incluso, por donde antes había visto algún animal. No hubo ni un solo amanecer o crepúsculo que no saliese a la caza de fotos de fauna. Así, después de cientos de paseos y caminatas, conseguí hacerme con un amplio archivo de encuentros con mis vecinos salvajes. Y en ocasiones, incluso, llegué a reconocer a varios de ellos por sus rasgos peculiares. Sólo me faltaba bautizarlos, pues de alguna manera ya eran parte de mi vida.

Me costó decidirme a escribir este libro, sobre todo después de haber conocido las obras de Chema Formentí. Sus estupendas fotos, difíciles de igualar, estaban acompañadas de unos textos agradables, sencillos e impecablemente redactados. Curiosamente, era Chema quien más ponderaba mis fotografías, lo cual resultaba realmente motivador. Creo que esto fue el empujón definitivo. La intención era preparar un libro con imágenes de animales salvajes en libertad, corzos especialmente, además de venados, zorros, jabalíes, gatos monteses, etc., así como fotografías de momentos especiales y curiosos que viví. Una vez acabado, quisiera disculparme por la baja calidad de algunas imágenes, ocasionada por los necesarios ajustes en mi cámara que la escasa luz de amaneceres y ocasos en el interior del bosque me obligaba a realizar. No intenta éste ser un libro de buenas fotografías convencionales, sino de vivencias especiales, en lugares especiales, con vecinos especiales, narradas en un tono de sinceridad y, sobre todo, muy personal.

Decía Cervantes que la pluma es la lengua del alma; así es mi manera de contar esos momentos que he vivido y compartirlos con aquellas personas dispuestas a contemplarlos con la misma emocionada mirada.

PARA LOS QUE SABEN VER
Prólogo de Odile Rodríguez de la Fuente para mi cabaña, mi mundo de José Díaz

Esta es una historia de coincidencias y miradas atónitas, de felicidad y reconocimiento.

Conocí a José, así por casualidad. Momento entretejido en esas redes de ensueño. Momento que fructificó en una amistad escasa en el tiempo pero profunda, en el espacio de los que se reconocen sin apenas hablar. En ese espacio suspendido en el tiempo, convinieron nuestras miradas atónitas, ante la belleza que desgarra el corazón del que descubre Redes. Con la emoción contenida por el que se sabe descubridor de un tesoro infinito, compartimos estímulos, asombros y felicidad.

Años después me veo escribiendo estas palabras y enunciando con orgullo “lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace”. José ha destilado, con la artesanía y paciencia necesarias, la esencia de Redes. Ha cristalizado aquel sentir anonadado, aquel fulgor pasajero, aquel aliento de Vida y esperanza. Esa belleza imperecedera, esa fuerza telúrica, profunda y reveladora de lo que somos cada uno de nosotros, todos y todo.

Este libro es un regalo. Una muestra humilde de gratitud de un hombre al que le ha sido otorgado un don. El don de ser feliz y saberlo. El don de ver diamantes donde para muchos sólo hay piedras. El don de escuchar. De escuchar. De escuchar.

Y yo no quiero robar espacio con mis palabras a esos momentos congelados que se asoman tras cada página. A esa historia personal de reconocimiento. A ese camino hecho tan cercano y próximo que todos nos vemos y sentimos andando como sombras de José, por la misma senda. Sólo puedo participar como testigo de un proceso. Para resaltar los matices, las luces y las sombras que José ha logrado captar.

Todos los que se aproximen a estas páginas deben saber a través de qué ojos están viendo lo observado. Deben mirar con tiempo y respeto para desentrañar todo lo que hay. Lo más probable es que sintáis la magia… Cómo y por qué se relacionaron el observador y lo observado, cómo se troquelaron mutuamente, qué intercambiaron y cómo ese encuentro les cambió a ambos y ahora a ti que miras.

Instantes, horas, días, semanas, meses, años. Desde el tiempo infinito de esos instantes, al instantáneo de todos esos años pacientes. El tiempo se desdobla para el que se busca a sí mismo en lo que le rodea. En lo más bello de lo que le rodea. Con sigilo y serenidad se establecen lazos, se entreteje uno en las redes de lo visible e invisible. Se hace uno parte del tejido y desde ahí siente, ve y palpa el pálpito de la Vida. Detrás de esas sensaciones, de ese estremecerse que te envuelve al ver algunas de estas imágenes, están todos esos momentos de los que tú también eres ya parte.

¿Y cómo es la realidad, José? ¿Cómo es tu mundo? ¿Cómo es el mundo para el que sabe ver? Has iniciado un camino de despertar. Un camino de continua transformación y generosidad. Te doy las gracias en nombre de todos los hilos que entretejes en tus redes de ensueño. Por hacernos soñar. Por mostrarnos que es posible. Por ofrecerte como ella, ¡oh querida naturaleza!

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